La odio y la adoro
A los animales no les sucede, pero a nosotros sí. Odiamos y queremos. Deseamos y despreciamos. Todo a la vez. Adoro esta ciudad pero a la vez me resulta imposible no odiarla, quizá ahí este la belleza y las ganas de volver una y otra vez y también de huir de ella. Seguramente lo que cambia es mi cristal.
Hace muchos años decidí un día ir a un lugar, que seria catártico con el paso de los años, sentarme, abrir los ojos y esperar. Fue una de las experiencias mas angustiosamente positivas que sufrí. Eso fue el comienzo de una relación inquietante, reveladora, de aprendizaje constante, de respeto, reconocimiento, un caos de luz y movimiento, un principio. Llegar por la tarde y no salir hasta la medianoche. Dejarme abrazar por la butaca de la ultima fila, quedarme horas sentada, mirando, pensando, cuestionando, permitiéndome el lujo de aprender. Fueron cientos de películas y la retina torturada. Y ese olor, al pasar las cortinas para entrar en la sala, que siempre anunciaba algo bueno. descubrí a lo bruto la belleza, la armonía, la sensibilidad, la elocuencia de los silencios. Era un escenario al que acudir cuando tu relato de vida te afligía pero también cuando temblabas de felicidad.
Como cuando te acercas a la destrucción de una relación, sabes que solo le falta la ultima caricia para caer, sabes que en algún momento sucederá el ultimo beso y cuando sucede no sabes que ha sido el ultimo, ya ha pasado y no lo has podido sentir, retenerlo. Me sucedió lo mismo, pero sí que recuerdo el ultimo beso, fue como el primero. Fue con mi película favorita, con aquel no muy buen sonido, con poco y solitario publico como siempre, fue algo intimo, como un secreto. Sigo locamente enamorada del cine aunque ya no este mi butaca de la filmoteca abrazándome.
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Me suscribí a tu blog, como un hilo que me ata a tus pensamientos cuando quieres compartirlos, precioso Sara como siempre no dejes de escribir… a ver si un dia compro un ejemplar en una libreria y es tuyo.
Un abrazo.